Frío, expectativas, borregos que pastan,
ilusión, invierno, sueño…
Y el sol aparece en el horizonte, su esplendor se vuelve un mitigante escenario cósmico-hedónico-metafísico a la vista de los globos paralelos.
Y el sol pinta el horizonte, con la travesía de la esperanza muda de alcanzar un punto intermedio entre los espacios circunscritos.
Y el sol amanece al horizonte, y la noche nula se nubla de luz y la luz desviste el cosmos de la oscura tentación sonámbula.
Y el sol mengua la franja del horizonte, y lo clava profundo en el pecho cual daga desesperada por el genocidio mental.
Y el sol desciende en el horizonte, desgarrando el torso desnudo de los gigantes nórdicos; míticas ironías de la irracionalidad que se alza lento.
Y el sol se esconde tras el horizonte, y le viste al cosmos su intimidad oscura y turbia, poco a poco el día comienza a llorar matices tornasol.
Y el sol ilumina desde el horizonte, dando cabida al día más largo del año, más largo de la vida de muchos bendecidos con lo abstemio de la andanza oscilante.
Y miramos al horizonte y gritamos al unísono el nacimiento de los dioses paganos.
Y todos se vuelven humo.
Y todos se vuelven música.
Y el ansia matutina se vuelve magia, y exploto sin cesar.
Y sigo explotando.
Y exploto sin cesar.
Y todos siguen siendo humo en cuerdas suspendidas y máquinas de viento helado.
Psicodelia vendida al natural, desnudos corrompidos por el frío de la mañana que acosa vergeles.
Y exploto sin cesar.
Y yo, me vuelvo brisa y vuelo verde sobre la marea atlántica hasta el golfo perpetuado.
Para regresar. Y no despertar hasta después del momento holístico.
Frío, expectativas, borregos que pastan,
ilusión, invierno, sueño…
Y despierto del letargo, y sobre mi cama de piedra, tiemblo de frío.
Y ya no hay nadie.
Sólo el recuerdo de las piedras de Gales. Legales tentaciones de un sueño famélico satisfecho de sí mismo.